
lunes, 3 de mayo de 2010
sábado, 1 de diciembre de 2007
Stellet Licht
Luz Silenciosa
Por Socorro González

Dentro de una cinematografía que se inclina hacia lo violento, lo tortuoso, lo melodramático y denso, el cine de Carlos Reygadas sobresale como un leve destello de sensibilidad; sí, un poco o bastante pretencioso, pero de gran valor por ser diferente, no nuevo, pero sí distinto en nuestra actual cinematografía (la que logra cierta comercialización y por lo tanto exhibición), tan tendenciosa en la cuestión social, de aparente y chocante compromiso, plagada de violencia y humor negro desgastado. Reygadas, con tres largometrajes en su haber: Japón (2003); Batalla en el cielo (2005) y Luz silenciosa (Stellet licht, 2007), es actualmente considerado un autor, tanto por la crítica como por el público que ha visto su obra y, vaya, sabe un poco de cine más allá del entretenimiento. Sus películas son esperadas en festivales con ansia, y todos comenzamos a hablar de él como se habla de los grandes de la cinematografía. Y es que su propuesta fílmica busca trascender, primeramente, los niveles estéticos y llegar, por medio de los recursos propios del lenguaje cinematográfico (con una minuciosa exploración de la imagen y sus posibilidades) a la construcción de historias tan normales y reconocidas; pero al mismo tiempo tan ajenas y distantes gracias, precisamente, a esa narrativa tan extraña en nuestro país, más propia y familiar de la sensibilidad europea. En los textos fílmicos de Reygadas podemos encontrar a Tarkovski, Antonioni, Bresson o Herzog y ¿por qué no? más recientemente a Jarmush. Estos autores, y muchos otros, son fuente de inspiración estética del mexicano, imposible negarlo; sino al contrario, la asimilación de estos lenguajes le han permitido a él la posibilidad de formación de uno propio, de fuerte sensibilidad y de un tecnicismo impecable cuyos logros de abstracción lo revelan como un poeta de la imagen fílmica. Luz silenciosa, su más reciente trabajo, lo constata. Ubicada en una comunidad menonita al norte de México, esta es la historia de un triángulo amoroso destinado al fracaso y la desgracia. Johan, su protagonista (Reygadas continúa con su fijación en los hombres maduros) se debatirá entre el amor y el deseo. Su pena será mayor debido a que ama a ambas mujeres y no está dispuesto a perder a ninguna. Su esposa Esther, quien conoce el adulterio, representa la calidez del hogar y la familia (numerosa además); la estabilidad emocional pero al mismo tiempo las ataduras a una vida sin otras emociones que no sean la del trabajo y sus satisfacciones. Su amante Mariana (curiosamente de físico menos agraciado), representa la pasión y la posibilidad de un desenfreno tardío; el ansia de la entrega en la búsqueda de ese deseo otoñal que sus edades les permite –excelente la escena del último encuentro sexual, de un erotismo contenido, agresivo y tierno-. De nueva cuenta, el cineasta construye la historia de un amor doloroso, al igual que en su filme anterior, sólo que aquí todo se desarrolla en la armoniosa frialdad del campo, un universo simbólico de sonidos y sensaciones, el loquos amoenus sin la estridencia urbana que rodea a los explícitos amantes de Batalla en el cielo. En Luz silenciosa todo es sutileza y contemplación, elementos narrativos que contribuyen en la creación de una atmósfera casi onírica (y un tanto fantástica, sobre todo hacia su final) donde los personajes interactúan como abstraídos y aletargados (con el toque característico que da el no ser actores profesionales) en un diálogo callado, donde las cosas más importantes se dicen con el silencio o los sonidos ambientales: el incesable cantar de los grillos, el aflojerado mugir de las vacas o la infinita quietud del cielo nocturno, en esa bella elipsis del amanecer que es la secuencia inicial, al más puro estilo Tarckovskiano, donde todo pareciera estar ralentizado. O la caminata entre la hierba y el encuentro en el campo, donde los sonidos de los labios al juntarse y reconocerse describe la pasión de la pareja. O el constante tic tac del reloj, tan ensordecedor y tajante que el mismo protagonista decide pararlo casi al inicio, como señal de que nada debería de seguir su curso y por ende, tener una conclusión; mismo reloj que casi al final el viejo padre de Johan, con su eterna sonrisa de muñeco, echará de nuevo a andar, ya que el tiempo tiene que transcurrir, pese a la latente obscuridad de los días venideros.
Luz silenciosa (Stellet licht)
Una coopruducción entre México, Francia, Alemania e Irlanda
Dirección: Carlos Reygadas
Reparto: Cornelio Wall, Miriam Toews, María Pankratz, Peter Wall
Fotografía: Alexis Zabe
Edición: Natalia López
Hasta el viento tiene miedo
Primera Toma Presenta:
Hasta el viento tiene miedo
Por Socorro González
En el año de
1968, el cineasta Carlos Enrique Taboada realiza uno de los filmes de terror más emblemáticos en la historia del cine mexicano: Hasta el viento tiene miedo. En él, Taboada contaba la cándida historia de un grupo de jovencitas (Alicia Bonet, Norma Lazareno, Elizabeth Dupeyron, Renata Seydel…) en un internado para señoritas, dirigido por Bernarda, una mujer dura y autoritaria (Marga López en un papel insólito en su carrera como actriz) que escondía un pasaje obscuro en su historia personal y en la del colegio. Poco a poco, la tranquilidad de las chicas, impuesta a base de reglas, se empieza a ver alterada por una presencia sobrenatural, que paulatinamente se revela como el fantasma de una estudiante más, quien un año atrás se había quitado la vida en la torre de la apartada escuela. Con estos elementos, el cineasta logró un filme rico en suspenso; un relato inquietante de principio a fin, plagado de tenebrosos detalles que envolvían a sus protagonistas en una atmósfera de verdadero terror y estremecimiento. De ritmo lento y contemplativo, este relato nos adentraba sigilosamente, a través de su hierática protagonista Claudia (Bonet y su belleza de “mosquita muerta”), en los entresijos de una historia de venganza pura y maligno resentimiento, de final trágico y desconcertante. Una verdadera joya de inspiración Lorquiana (Taboada realizó un muy buen homenaje a La casa de Bernarda Alba, del dramaturgo y poeta español).
Este año, nos llega su remake, una definitiva sorpresa, un verdadero atrevimiento, puesto que Hasta el viento tiene miedo, la original, pienso que es de esos filmes imposibles, por respeto, de rehacerse. Dirigida por Gustavo Moheno, crítico de cine, el guión adapta su argumento original a nuestros días, como tratando de darle frescura y vigencia a la anécdota. De esta nueva versión son rescatables su cuidada fotografía (de tonos grises y negros que le permiten una atmósfera de sugerente densidad, muy diferente a la de Taboada, quien optó por una imagen bastante colorida, de cierta tonalidad sepia); su partitura musical, un tanto excesiva, pero muy buena debido a su corte clásico (nada de grandes efectos electrónicos o estridentes chillidos); y su ritmo pausado, muy en deuda con su inspiradora. Sin embargo, esta nueva entrega comete el error de hacer obvios ciertos detalles que en su original la sugerencia era lo que enriquecía su relato; así, el lesbianismo contenido y castrante de la directora (ahora, Verónica Langer), motivo por el cual Andrea fue conducida a la muerte, aquí se evidencia de más, reduciéndose a la cursi escena del encuentro antes de la tragedia en la torre, al descubrirse la relación entre la joven y la doctora (Mónica Dionne) del ahora centro de rehabilitación para niñas problema. Motivos como el suicidio, la anorexia, la menstruación o las “malas palabras” se tocan aquí con libertad; como elementos nuevos en la historia, lejos están de ser un buen soporte narrativo y más bien se acercan a una intención por llamar la atención y hacer la historia un tantito polémica con temas nada novedosos pero sí de actualidad. De paso, las chiquillas del reparto aprovechan para mostrar su profesionalismo y compromiso realizando una serie de desnudos, más que la protagonista misma (Martha Higareda), que, estudiándolos bien, resultan innecesarios; la cuestión aquí era actualizar lo inactualizable, lo repito, por mero respeto. Un remake innecesario. Por lo demás, la película es casi igual a la original, respeta los detalles atmosféricos que aportan el suspenso, aquellos lamentos perdidos en el viento que, siendo niño, erizaban mis vellos cada vez que veía la película; el llanto con risa de Andrea reclamando la venganza; su delgada sombra en las paredes del internado o su estática y pálida figura en los espejos, arrancando los gritos de Kitty (Norma Lazareno) en aquella antológica escena del strip tease; o el dulce murmullo de su voz llamando a Claudia (Bonet-Higareda) por las noches, en su empeño por poseerla.
Homenaje o simple “refrito”, el filme del gordito Moheno deja una sensación final, y es la de querer, después de años, experimentar de nuevo el miedo que Taboada nos hizo sentir a muchos con sus inquietantes historias.
Hasta el viento tiene miedo
México, 2007
Dir.: Gustavo Moheno
Reparto: Martha Higareda, Verónica Langer, Mónica Dionne, Danny Perea

