viernes, 5 de diciembre de 2008

Quemar después de leer (Hermanos Coen, E.U.,2008)


(Proyección PPE # 6)
El Cine Club Primera Toma, A.C., presenta en su Ciclo de Estreno, en El kiosco del Arte de La Plaza del Camarón (enfrente del Ayuntamiento de Puerto Peñasco), Blvd. Benito Juárez y Blvd. Fremont, Colonia Centro. Este martes, 25 de noviembre de 2008, en punto de las 8:30 p.m., la película:


Quemar después de leer
(Hermanos Coen, E.U., 2008)


Los hermanos Coen, un breve paseo por una larga trayectoria fílmica
Por Socorro González B.

Mi ansiada espera por el nuevo filme de los hnos. Joel y Ethan Coen me motiva a escribir algo acerca de ellos y su trayectoria cinematográfica, un poco como víspera consoladora y un tanto con motivo de que este tándem acaba de hacerse acreedor a los premios Óscar a mejor película, guión y dirección, así como el premio al mejor actor de reparto al español Javier Bardem, sí, aquel joven que sólo irradió sexualidad y brutalidad en los filmes de Bigas Luna y que con el paso del tiempo demostró que para estar en el cine no sólo se necesita tener un “buen paquete” entre las piernas y desnudarse a la menor provocación. Ahora, con los sombríos hermanos (que esconden muy bien su negrura de ver la vida tras anteojos de fuerte graduación y una apariencia de nerds que no das un peso por ellos), Bardem ha interpretado a una genial e imparable máquina de matar, que nunca sonríe bajo su “melenita” setentera y su rictus alienado y de ojos tristes pero perversos, que se desorbitan de placer al infringir dolor y muerte (como en la pavorosa escena casi al inicio del filme, donde con devastadora fuerza ahorca al policía que minutos antes lo había detenido; o la tortura psicológica con la que aflige a la noviecita del protagonista). Los Coen iniciaron por allá en el año de 1984 con su genial filme Blood simple (Simplemente sangre, en nuestro país), una pieza clave en la cinematografía de género contemporánea, ya que la película es una puesta al día de la más pura tradición del mejor cine negro estadunidense de los años 40’s y 50’s, que relataba la historia de un mórbido y trágico triangulo amoroso. Con este par resulta difícil hablar de películas malas, es mejor decir películas no tan buenas, pero que conservan su indistinguible sello de autor que ambos se han ganado a pulso de trabajo. Posterior a su ópera prima, Joel (director) y Ethan (guionista), entregan en el año de 1987 la delirante y divertidísima comedia Raising Arizona (Educando a Arizona, por acá), que contaba la desafortunada historia de una extraña pareja (un ladrón frustrado y una estéril policía) interpretados por un jovencísimo y magnífico Nicolas Cage, flaco hasta los huesos y una no menos excelente Holly Hunter, respectivamente; así como la siempre imponente y escalofriante figura de un John Goodman (quien se convertiría en una especie de actor fetiche para los hnos.), caricaturizados todos al extremo de lo patético. Como obsesionados con el cine de género, los Coen básicamente han explorado en sus películas dos de los más importantes: el cine negro y la comedia (también negra); de tal modo, sus cintas desarrollan historias un tanto turbias, de violentos, sorpresivos e hilarantes desarrollos y desconcertantes desenlaces; una mirada ácida y sin concesiones hacia una sociedad tan cercana y ajena a la vez es el principal ingrediente de sus filmes. En lo visual, sus películas siempre son impecables y atractivas. En un principio, la inquieta e intrépida cámara de Barry Sonnenfeld (antes de hacerse cineasta) le brindó a sus historias un dinamismo sorprendente; director y fotógrafo se regodeaban en la más pura escuela del colega y amigo Sam Raimi (para quien escribieron en 1985, no está demás decirlo, el guión de su segundo largometraje, Crimewave, y a quién han invitado a colaborar con ciertos cameos en varias de sus cintas), en una suerte de planos y movimientos de cámara de un virtuosismo que dejaba pasmado y que muchos directores jóvenes han imitado. Después, la estabilidad visual impuesta por la cámara de Roger Deakins vino a aportar a su cine un cierto aire de poesía, con tendencia a la contemplación de los espacios y los personajes que los habitan. Con su tercer largometraje, Miller’s crossing (E.U., 1990), los Coen se adentraron de lleno en el cine de gangsters; un tanto parodia, un tanto homenaje, De paseo con la muerte (título con que se conoció en México), es una obscura exploración por la no menos sombría vida de un certero matón taciturno (un hierático Gabriel Byrne), que comete el error de involucrarse con la mujer de su jefe y mejor amigo (Albert Finney), debatiéndose siempre entre sus deseos de redención y las órdenes que como especie de venganza le impone éste último. Con Barton Fink (E.U., 1991), los Coen definieron su estatus de autores y cineastas de culto, logrando la más perfecta de sus obras, una extraña y particular comedia de una lentitud contemplativa; tan ominosa que en ciertos momentos se antoja más thriller y filme de horror con monstruos y demonios representados por el espectral hotel en el que se aloja el escritor protagonista (el otro fetiche de los hnos., John Turturro); la hoja en blanco con máquina de escribir incluida; una asfixiante habitación cuyo tapiz se escurre emitiendo un lenguaje de terribles sonidos en las angustiantes noches de insomnio de Fink. Todo esto definiendo un infierno de incapacidad creativa, del cual nuestro dantesco personaje escapará sólo por los momentos de interacción con su extraño vecino (John Goodman en lo que sin duda es la mejor actuación de su carrera). Barton Fink, sin exagerar, es como un libro abierto a las posibilidades y los trasfondos interpretativos, cosa que sorprendió a los propios hnos. al llevarse la Palma de Oro en Cannes, quienes argumentaron, ocultos tras su disfraz de nerds, que sólo pretendieron hacer una comedia lenta y sin los gags propios del género. The Hudsucker Proxy (E.U., 1994) viene a ser su única superproducción “holliwoodesca” y quizá su fracaso fílmico. Incomprendida por la crítica malacostumbrada por sus anteriores cintas (de factura 100 % independiente), El apoderado de Hudsucker en nuestro país, fue una jocosa épica bastante divertida y visualmente muy valiosa; una broma desfachatada y de gran presupuesto. A los Coen se les permite esto y más; así, repetirían sus deseos de jugar años después con el absurdo The big Lebowski (E.U., 1998); la delirante y surrealista O brother, where art thou! (E.U., 2000) y su muy peculiar visión de la comedia romántica con Intolerable cruelty (E.U., 2003), no sin antes darnos otra lección de cinismo con la tragicomedia Fargo (E.U., 1996, feamente titulada en español, Secuestro voluntario), donde por primera vez aparecieron en las ternas del Óscar, llevándose la estatuilla al mejor guión y música original, si mal no recuerdo. Con Fargo los Coen retornaban a la “seriedad” enfermiza de Barton Fink, a los personajes de patetismo encantador; sólo que acá con una violencia más plástica, explícita y sorpresiva, y con el humor más negro que de costumbre; sin embargo, la cinta posee un equilibrio discursivo que raya en la perfección, un tono tragicómico que nunca en sus anteriores filmes se había logrado con tanta precisión, ni siquiera en Barton Fink (a mi parecer su obra maestra), que se asemeja más a una secuencia pesadillesca muy larga y de pinceladas Lynchianas.
Anterior a su cínica comedia romántica protagonizada por George Clooney y Catherine Zeta-Jones, Intolerable cruelty, los hermanitos retornaban a la seriedad con el romántico filme The man who wasn’t there (E.U., 2001. El hombre que nunca estuvo, en México), un excelente film noir muy a la clásica (inclusive bellamente fotografiado en blanco y negro), protagonizado por el siempre genial Billy Bob Thorton, la siempre fiel Frances McDormand y el duro y tierno James Gandolfini. Con esta película, los Coen se niegan a morir (por aquello de sus dos filmes anteriores, muy divertidos pero nada extraordinario) y nos dan otra lección de un cine supremo que nos calló la boca a todos aquellos que dudamos de su ingenio. Este drama es un obscuro viaje hacia la mente de un hombre envenenado por los celos que decide llegar al fondo de la infidelidad; convirtiéndose en asesino accidental, deberá urdir la mejor de las coartadas para salir bien librado de toda la tempestad que él mismo ha provocado, en una trama de exquisito misterio e inquietante suspenso. Con The laidykillers, la pareja pareciera decirnos que nunca abandonarán la comedia, ni sus gags, ni su cinismo. Protagonizada por Tom Hanks (a quien los cineastas han regresado muy dignamente al género que lo vio nacer), el filme es el jocoso relato de una pandilla que pretende acabar con una viejecilla para así poder gozar de su fortuna. Más la anciana no será lo que aparenta y uno a uno los miembros de la banda (de músicos) irán cayendo en esta divertida y retorcidísima comedia. No country for oldmen es su más reciente trabajo, que muchos esperamos, no tanto por saber quiénes son ellos, sino por la publicidad que se le ha hecho a este híbrido fílmico (mezcla de western, cine negro, cine de narcos a la mexicana y, por supuesto, trhiller). “No habrá huídas limpias”, reza, en una posible traducción, el slogan promocional del filme. Y así es, para Llewelyn Moss (un duro y conmovedor Josh Brolin), su primer error fue encontrarse la inquietante escena de la transacción fallida de heroína; su osadía, tomar lo que no le pertenecía: dos millones de dólares en efectivo que descansaban al lado del cadáver del matón; ingreso directo al infierno. En sus dos secuencias iniciales, la presentación del temible asesino Anton Chigurh (Bardem) y el festín sanguinolento de cadáveres humanos y caninos entre “trocas” en la desolación desértica de Nuevo México y Texas, los Coen, con una envidiable economía del lenguaje, revelarán la densidad de su relato, que promete ser una violenta e inquietante aventura de dimensiones trágicas.

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